El Jardín de las Cuatro Semillas
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Las semillas invisibles

Lucía se sentó bajo el limonero, pensativa. Miraba a su jardín, pero no con la alegría de siempre.

  • ¿Qué pasa con tu jardín? —preguntó el abuelo, dándose cuenta que la expresión de la niña tenía que ver con lo que estaba mirando.
  • No sé… está gris —dijo Lucía—. Las flores no quieren abrirse.
  • ¿Y qué te hace sentir que está gris? —insistió el abuelo, inclinándose un poco.
  • Como que falta algo… como si me faltara algo que ni sé qué es —murmuró Lucía, frotándose el pecho.

El abuelo sonrió, se dirigió hasta el galponcito y regresó con cuatro cajitas.

  • ¿Querés que veamos qué pasa si cuidamos estas semillas? —preguntó—.

El abuelo puso unas piedras frente a ella.

  • Mirá estas piedras —dijo—. Hacé un camino recto con diez, y allí donde termine, plantá una de estas semillas.

Lucía obedeció, contando y acomodando, a veces dudando, a veces riendo por lo torcido que quedaba. Cuando puso la última piedra y plantó la semilla, levantó la cabeza y… algo saltó en su estómago.

  • ¿Cómo te sientes ahora? —preguntó el abuelo.
  • Feliz —dijo Lucía—. He terminado con lo que me dijiste y eso me puso contenta.
  • Mmm… interesante —dijo el abuelo—. Has puesto semillas “Chispa de fin de camino”… Ya vas a ver que tu jardín lo va a sentir igual que vos.

En eso, un pajarito cayó cerca, temblando. Lucía lo cubrió con una hoja, y al mismo tiempo sintió un arrullo dulce en el pecho.

  • ¿En qué piensas? —preguntó el abuelo.
  • No sé… Lo primero que pensé es que tenía que cuidarlo y al hacerlo es como si mi corazón se hubiera hecho más grande —dijo Lucía.
  • Mirá qué curioso —comentó el abuelo—. Esa sensación también tiene su semilla: “Calorcito compartido”. Plantémosla aquí. Tu jardín la reconoce, y sabe que lo estás cuidando.

De repente, el abuelo empezó a moverse raro, como si los árboles contaran chistes, y Lucía se rió hasta que le dolió la panza.

  • ¿Qué te pasa, abuelo? —dijo— Estás actuando muy gracioso.
  • ¿Lo crees? —preguntó el abuelo.
  • ¡Por supuesto! Y eso fue como si doliera y al mismo tiempo se fuera algo de mí. Algo pesado —dijo Lucía, con su risa ya atenuada.
  • Mirá, esa risa también tiene su semilla: “Risa que salta” —dijo el abuelo—. Tu jardín lo nota, aunque no lo creas. Plantémosla... ¡por aquí!

Así, se quedaron en silencio sentados junto al viejo limonero, mirando cómo el sol pintaba las nubes de naranja. Lucía suspiró.

  • Ahora estoy más tranquila, abuelo —dijo Lucía, apoyando su cabeza ligeramente en los hombros siempre cómodos del abuelo.
  • Ah, el “Suspiro de nubes”. La última que faltaba y la pondremos por aquí. Cada semilla que plantamos tiene un poder distinto y te ayudarán a que tu jardín crezca de maneras diferentes.
  • ¿De verdad? —dijo Lucía, con los ojos grandes, mientras se incorporaba en el largo banco.
  • Sí —asintió el abuelo—. Por ejemplo, la “Chispa de fin de camino” te da fuerza para terminar lo que empezás y sentir alegría al hacerlo. En el mundo de los científicos, se llama Dopamina.
  • Ah… es como la chispa que me hace seguir adelante —dijo Lucía, confirmando.
  • Lo has entendido perfectamente —dijo el abuelo, sonriendo—. Y ahora, la segunda: “Calorcito compartido” te conecta con los demás, hace que dar y recibir cariño te haga sentir bien. La llaman Oxitocina.
  • Oxi... ¿qué? —preguntó Lucía, medio en broma, medio pensando. El abuelo sabía que no era una palabra tan difícil, y se sumó al juego.
  • O-xi-to-ci-na, —deletró. Es una hormona, o sea un mensajero del cuerpo entero.
    Imagina que hay una fábrica (una glándula, como la de tus riñones o tu cerebro) que hace cartas mágicas. Esas cartas, llamadas hormonas, van en camioncitos por la sangre (el sistema circulatorio) a todas partes del cuerpo.
    Por ejemplo: cuando comes algo dulce, una carta llamada insulina viaja por la sangre y les dice a las células: “Guarden esta energía para usarla después”.
  • La tercera semilla —continuó—, “Risa que salta”, es la que combate el dolor y te hace sentir ligero después de reírte mucho. Su nombre de laboratorio es Endorfinas.
    Es un neurotransmisor y también una hormona. El neurotransmisor es un mensajero del cerebro
    Imagina que tu cerebro es como una ciudad con muchas casas, se llaman neuronas, y que para ir de una casa a la otra, como siempre, hay caminos (las sinapsis).
    Cuando una casa quiere decirle algo a otra, manda un mensajero —eso es el neurotransmisor.
    Por ejemplo: Cuando te asustas, un mensajero rápido (como la adrenalina) le dice a tu cerebro: “¡Corre, corre!”.
  • ¡Qué palabras más difíciles! —rió Lucía.
  • Bueno, solo es para que sepas que existen —explicó el abuelo, y agregó—, algunos mensajeros son doble rol: mensajeros del cuerpo y del cerebro.

Pero aún quedaba la última semilla por presentar.

  • Y la última: “Suspiro de nubes” trae calma y gratitud, ayuda a tu mente a sentirse en paz. Su equivalente químico es la Serotonina.
  • Ah, ahora entiendo —dijo Lucía, con una sonrisa tranquila—. Cada semilla tiene su mensaje químico.
  • ¡Como la yerba al mate!

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