Coplas por la muerte de su padre
Lucía entró al living con un libro abierto entre las manos. No era suyo: era de su hermano, uno de esos libros de lengua que tienen páginas marcadas con resaltador.
- Abuelo, leí esto pero no sé bien qué dice.
El abuelo levantó la vista del mate y miró el libro.
- ¿Y por qué lo elegiste?
- Porque el título me llamó la atención. “Coplas por la muerte de su padre”. Suena… raro.
- ¿Raro cómo?
- No sé. Como si fuera importante. Pero cuando lo leí, entendí algunas cosas pero otras no.
El abuelo se sentó al lado de Lucía y miró el libro.
- Estos versos los escribió un hombre hace mucho tiempo. Se llamaba Jorge Manrique. Y los escribió cuando se le murió el papá.
- ¿Y por qué escribió un poema?
- Esa es una buena pregunta. ¿Vos qué pensás?
- Capaz para no estar tan triste.
- Puede ser. O capaz para entender lo que le estaba pasando. O para que su papá no se olvide.
El abuelo leyó en voz alta, despacio:
- Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…
Cuando terminó, se quedó en silencio.
- ¿Entendiste algo? —preguntó el abuelo.
- Algunas palabras sí. Otras no. ¿Qué es “el seso”?
- El seso es la cabeza. Pero acá no es la cabeza como cosa, sino como lo que pensás, lo que entendés. Dice que hay que despertarla, avivarla.
- Ah. Como despertar la mente.
- Exacto. ¿Y “alma dormida”?
- ¿Es como… estar distraído?
- Algo así. O como vivir sin darte cuenta de que estás viviendo. Como cuando hacés las cosas de memoria, sin prestar atención.
- Entonces dice que hay que prestar atención.
- Sí. Pero a algo en especial. ¿A qué?
Lucía volvió a mirar el poema.
- A cómo se pasa la vida. Y a cómo viene la muerte.
- Bien. Y hay una palabra ahí que me gusta mucho. “Tan callando”. ¿Sabés qué significa?
- "Callando” es como “en silencio”, ¿no?
- Sí. Pero acá no es solo eso. Es que la muerte viene sin hacer ruido, sin avisar, sin que te des cuenta. Viene callando. Despacito.
Lucía se quedó mirando el verso.
- Es medio raro pensar en eso.
- Sí. Pero fijate que no lo dice de una forma triste. Lo dice como si fuera algo que está pasando todo el tiempo, y nosotros no nos damos cuenta. Por eso pide que despertemos.
El abuelo señaló otra estrofa:
- Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir. - ¿Los ríos son las vidas?
- Eso dice el poema. ¿Te parece que se parecen?
Lucía se quedó pensando.
- Los ríos van para un lado solo. No vuelven para atrás. Y todos terminan en el mar.
- Bien. ¿Y entonces qué está diciendo?
- Que todas las vidas van para el mismo lugar. Que todas terminan.
- Exacto. Y que no importa si sos importante o no. Acá dice “señoríos”, que son los lugares donde mandaban los poderosos. Pero igual van a parar al mismo lugar que todos.
Lucía miró el poema otra vez.
- ¿Y eso no es triste?
- Esa es una pregunta interesante. ¿A vos te parece triste?
- No sé. Un poco. Pero es como que lo dice de una forma que no te da miedo.
- Eso que acabás de decir es importante. Porque este poema no está escrito para darte miedo ni para ponerte triste. Está escrito para que entiendas algo. Para que veas las cosas como son.
Lucía se quedó mirando el libro.
- Pero igual no sé si entiendo todo.
- Y está bien. Este poema no es para vos.
Lucía levantó la cabeza, sorprendida.
- ¿Por qué?
- Porque todavía no perdiste a nadie que te importe mucho. Y este poema habla justo de eso. De lo que sentís cuando alguien que querés ya no está.
- Pero lo puedo leer igual.
- Podés leer las palabras. Pero no podés leer lo que dicen de verdad. Todavía no.
Lucía lo miró con atención.
- ¿Y vos sí podés leerlo?
- Sí. Yo sí puedo. Porque yo ya perdí gente que quería. Y cuando leo este poema, no solo veo las palabras. Siento lo que dice.
- ¿Y es triste?
- A veces sí. Pero no siempre. A veces es como una compañía. Como si alguien más hubiera sentido lo mismo que vos y te lo dijera con palabras lindas.
Lucía cerró el libro despacio.
- Igual sigo sin entender todo.
- Y está bien. Algunos textos esperan. Este es uno de esos. No tenés que entenderlo ahora. Pero va a estar acá. Y cuando lo vuelvas a leer, en unos años, vas a ver que cambió.
- ¿El poema va a cambiar?
- No. Vos vas a cambiar. Y entonces vas a poder leerlo de verdad.
- ¿Y si no lo entiendo nunca?
El abuelo sonrió.
- Entonces tuviste mucha suerte. Porque significa que no te pasó nada muy triste.
Lucía se quedó pensando.
- Pero igual me gusta cómo suena.
- Eso ya es bastante. A veces los poemas se leen primero con el oído, después con la cabeza, y recién al final con el corazón. Vos ya hiciste la primera parte. Las otras dos pueden esperar.
Lucía asintió despacio.
- ¿Puedo llevarme el libro un rato más?
- Claro. Es tuyo ahora.
Lucía lo levantó con cuidado y lo abrió otra vez en la página de las coplas.
- Voy a probar leerlo en voz alta. A ver si suena distinto.
- Buena idea. Andá, probá.
Lucía se fue hacia su cuarto con el libro entre las manos. El abuelo la vio irse y volvió a agarrar el mate. Todavía no se había enfriado.